Tenía pocos años y apenas podía creer que ese cielo fuera real. Pensaba en cajas de lápices de colores, las montañas nevadas, una serie de televisión con bosques y carreteras.
Sí. Miraba la televisión pero en seguida giraba la cabeza y se veía fuera. Aquello no podía ser real. Sentado en la terraza, alcanzaba a concebir el fabuloso pensamiento «el cielo no es azul» y eso bastaba para estremecerlo.
Habría bastado saltar desde la terraza para estar más cerca, pisar sobre nubes, tocar con las manos las estrellas. Suspendido, aunque pronto lo llamarían con alguna simpleza, casi de noche, pensando sólo en el cielo.

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